miércoles, diciembre 14, 2005

AÑO DE LA BARBARIE Y REPRESION


Las bases apristas de La Libertad asi­milaron su frustración, adquirieron experiencia política y sus más lúci­dos dirigentes obreros penetraron en la verdadera ideología de los Iíde­res del partido. Resolvieron, pues, hacer su propia revolución, por su cuenta y riesgo, sin la autorización del comando partidario si fuera preciso. Era la época en que más fuertemente se dejaba sentir la crisis mundial que incidía tercamente en los precios del azúcar, principal pro­ducto de exportación de la región norteña y la base de su economía regional. La desocupación que aumentaba sin cesar fue, sin duda algu­na, la razón económico-social principal de la sublevación. Por otro lado, la represión del gobierno era inclemente. La masacre de la noche de Navidad, la sublevación de la marinería, la detención de los parlamenta­rios apristas, por fin la prisión del jefe del partido, eran motivos más que suficientes, de tipo partidario, para que los apristas desearan la revolución, única salida que se veía en esos momentos. Haya de la Torre se alarmó al saber de aquellos preparativos. Orde­nó detenerlos, diciendo a los conspiradores que debían esperar la lle­gada de un oficial del ejército que se había comprometido con el parti­do para encabezar una revolución militar. Pero las masas respondieron negativamente. No tenían confianza en los militares. Los obreros de las haciendas cercanas a Trujillo, bajo la conduc­ción en su mayoría aprista y tomaron contacto con sus compañeros del cuerpo acanto­nado en Trujillo para acordar un plan revolucionario: sublevarse, embarcar a Haya de la Torre, proclamarlo Presidente de la República. En tal situación estimaban los conspiradores, Haya podría dirigir la revolución en todo el país, con el apoyo del partido. Una revolución hecha por marineros, obreros y soldados debió espantar al jefe del Apra. A pesar de la extracción social de los sublevados, el movimiento habría tenido la orientación pequeñoburguesa que le habría dado el jefe del partido, mas, para el mundo exterior habría sido la repetición de la revolución bolchevique de 1917. Este mundo no habría comprendido en el primer momento la diferencia existente entre el partido bolchevique en Rusia, vanguardia política del proletaria­do, y el Apra en el Perú, partido pequeñoburgués por excelencia. Sin embargo, Haya no se atrevió a negarse, prefirió recurrir al engaño. Aprobó la operación pro­puesta, pero no concurrió a la cita para embarcarse y tomar el mando de la revolu­ción. Al día siguiente, al ser interpelado por marineros y soldados, aseguró haber estado presente en el lugar de la cita, siendo desmentido por quienes sí estuvieron en el lugar indicado, a la hora precisa. En esta operación no había ningún oficial que pudiera controlar a la tropa que habría seguido, según Haya, sus propias con­cepciones clasistas. Haya negó, como en otras ocasiones, su apoyo a todo movi­miento de origen popular. La revolución de Manuel Barreta, el "Búfalo", que "actuó sin avi­sar al Comando Regional del Partido" se subleva­ron el 7 de julio de 1932. Tomaron por asalto el cuartel de artillería, el cuartel de la policía, la prefectura y otros centros del poder burgués. La ciudad de Trujillo, dominada ya, fue entregada a los dirigentes polí­ticos del partido, quienes no supieron qué hacer con el presente. El her­mano de Haya de la Torre aceptó el cargo de prefecto "como u n sacrifi­cio, dejando constancia de que aquello era una locura" Los dirigentes apristas, dueños del poder local, respetaron lo que quedaba del poder burgués, la prensa y las instituciones todas. No adop­taron disposición alguna encaminada a consolidar una posición tan gra­ciosamente obtenida, Se limitaron a buscar un militar para que "diri­giera las operaciones", pero en esencia, para que asumiera una respon­sabilidad que ellos no se atrevían a echar sobre sus hombros. Luego, cuando las tropas del gobierno se acercaban a la ciudad para debelar la rebelión, las autoridades apristas se negaron a proporcionar los me­dios necesarios a los dirigentes que pretendían salir a contener a dichas fuerzas. Lo hicieron con los medios de que pudieron disponer. El ofi­cial que encontraron, un capitán que andaba suelto por la ciudad, se contentó con distraer a las masas apristas en abrir trincheras "para de­fender Trujillo". En su descargo este capitán había de declarar: "Toda la potencia, toda la fuerza bruta de la multitud en esa hora que había sido señalada para dar el asalto a los conventos, a las "iglesias y a las casas particulares, fue dedicada a construir trincheras". El militar se dedicó, pues, a proteger a la burguesía de las supuestas iras del pueblo, actitud que satisfizo mucho a la dirigencia aprista. El partido tampoco adoptó medidas en el resto del país para apo­yar una revolución triunfante en una zona típicamente aprista, que podría haber servido como formidable base de operaciones para una guerra civil. Pero los líderes apristas tampoco habrían podido hacerla, lo cual habría significado una traición a la pequeña burguesía cuyos intereses defendían; prefirieron traicionar a las bases populares. Los líderes, en función de sus intereses pequeño burgueses se negaron a seguir el camino revolucionario que les señalaban los engañados campesi­nos y obreros de La Libertad. Se prefirió el modelo de dominación im­puesto por el jefe del partido, verdad que a un alto costo político. Los movimientos populares siempre estuvieron proscritos en el partido. La sublevación de Jiménez Con la experiencia de Trujillo los dirigentes nacionales del Apra se volvieron más cautelosos, llegando a la conclusión que, de ningún modo, podrían contar con las bases del par­tido, pues éstas ten ían su propia dinámica, sus propias concepciones revolucionarias y escaparían al control de la jefatura si no se les impo­nía un mando militar. Como el partido deseaba llegar al poder de todos modos, resolvieron implementar su nueva concepción política, como lo habían intentado ya en 1931: captura del poder por los militares, mien­tras mayor fuera su jerarquía, mejor, a las que el partido prestaría su apoyo, vale decir, el "calor popular", que es lo único que piden los mili­tares dueños de la fuerza, instalación de una junta militar que convocara a elecciones generales de todos los partidos, en las que los líderes apris­tas tenían la seguridad de triunfar. El poder así alcanzado, sin la inter­vención partidaria de sargentos o soldados, ni elementos populares, permitiría al Apra gobernar de acuerdo con el imperialismo yanqui, con los sectores burgueses que de él dependen, y poner en practica su pro­grama reformista. Se suponía que el ejército, tan ligado como se encon­traba a los intereses imperialistas, prestaría igualmente su apoyo. En 1932 el partido tomó contacto con el teniente coronel Gustavo Jiménez que se comprometió a conducir un levantamiento militar con apoyo aprista. Así sucedió, en efecto. Después del fracaso de Trujillo, Jiménez fue ayudado por el Apra a ingresar en el país y llegar a la base de operaciones que se había elegido: Cajamarca, lugar donde se produjo la insurrección de un cuerpo de infantería. El regimiento marchó sobre Trujillo: pero el apoyo ofrecido no se produjo. Cuando Jiménez tam­poco obtuvo el apoyo de otras unidades militares como ,esperaba, se quitó la vida. La sublevación de Jiménez fue un rotundo fracaso, que costó la vida a varios oficiales que fueron fusilados y muchos más sufrie­ron penas de prisión. Sólo un aprista fue condenado a muerte por ha­ber servido de secretario al comandante Jiménez. Se cumplió en esta forma lo previsto por Haya de la Torre: "Si el movimiento militar de un amigo nuestro triunfa, seremos nosotros los vencedores; si fracasa serán los militares los perdedores. “El partido quedará a salvo". Según investigaciones realizadas (véase Villanueva 1975: 134-139) las bases apristas en la zona de operaciones, con las que los dirigentes del partido contaban, se negaron a colaborar en un movimiento militar. Temían que este tipo de revolución no beneficiara a la clase trabajadora y fuera sólo un cambio de personas en el gobierno. Pero el jefe del par­tido, a pesar de esta nueva experiencia, nunca había de autorizar un movimiento netamente popular. Insistió en su esquema militar en 1937 con el teniente coronel Guerrero, con el general Rodríguez en 1939 y otros más del mismo nivel jerárquico. La sublevación de la armada.- En 1948 el partido aprista atrave­saba una aguda crisis política a la que no encontró otra salida que el golpe de Estado de acuerdo con el inamovible esquema. Convino con un general para que éste se sublevara con la división a su mando en la guarnición de Lima; el partido le prestaría todo su apoyo y el calor popular" de su militancia. El general aceptó el encargo pero no movió un dedo, esperando que el partido pusiera en sus manos los medios ne­cesarios para la sublevación, pues la unidad que comandaba lino le obe­decería". El partido aprista disponía de una organización paramilitar estruc­turada específicamente para actuar en un movimiento revolucionario de tipo urbano. Dicho aparato, conformado por los militantes más ague­rridos, veteranos de Trujillo y otras acciones, fue puesto a disposición del general, como "elemento auxiliar" según el jefe del partido. El "Co­mando de Defensa", que así se llamaba la organización, a base de estu­diantes, dirigentes sindicales y obreros, había estableció relaciones de colaboración y prácticamente una alianza clasista con sectores subalter­nos de las fuerzas armadas, suboficiales, sargentos y soldados, del mis­mo origen social que los primeros, organizados en células en las distintas unidades y reparticiones militares, circunstancia que fortaleció bastante la organización defensista y aumentó sus posibilidades insurreccionales. Pero el general, con un concepto demasiado ortodoxo-militar y mentali­dad pequeño burguesa, lo consideró insuficiente para alcanzar éxito en un movimiento revolucionario, mejor dicho, consideró peligroso actuar con tal tipo de organización. Como el jefe del partido viera la inoperancia del general, y com­probara asimismo el volumen que estaba adquiriendo la organización defensista, como presumiera también la posibilidad de que pudiera actuar por cuenta propia, escapando al control del partido, tomó sus precauciones. Buscó el apoyo de otros generales, en alianza de clase también, uno de los cuales le ofreció dirigir un movimiento militar y atenerse al ya clásico esquema hayista. Sin embargo, su obvia intención fue la de penetrar en el aparato conspirativo del Apra para poder con­trolarlo. Este propósito debió de suponerlo al jefe del partido, pero aceptó la colaboración ofrecida. Serv ía a sus planes para impedir un movimiento popular. Había, pues, coincidencia de intenciones entre el nuevo general y Haya de la Torre. Como se podrá ver, fueron dos alian­zas las que se produjeron entre el partido aprista y los elementos mili­tares, de tipo clasista, que habrían de luchar entre sí. Al percibir el Comando de Defensa el giro que estaban tomando los acontecimientos, al comprobar luego que el nuevo comando militar no tenía la menor intención de actuar, resolvió intervenir en forma independiente, adoptando el nombre de Comando Revolucionario (CR), 'bajo el mando de unos pocos oficiales de las fuerzas armadas. En la madrugada del 3 de octubre de 1948, la escuadra se sublevó en la rada del Callao y cumplió en forma eficiente todas las tareas que se había impuesto. Pero, en tierra, los rebeldes no pudieron actuar en igual for­ma. Los líderes apristas desmovilizaron las diversas concentraciones de masas tanto en el Callao como en Lima, recurriendo a diversos engaños. Tampoco pudieron actuar, debido a la misma circunstancia, las células militares, sobre todo porque no se presentaron los civiles, ya desmovilizados. El movimiento fracasó traicionado por la dirigencia aprista. La resistencia de la escuadra duró dos días y fue al fin dominada por las tropas gobiernistas. En la lucha de clases de la que esta sublevación fue una manifestación auténtica, triunfó la dirección pequeño burguesa del Apra con la colaboración de las altas clases del ejército. Su éxito lo pagó a un precio muy elevado. El partido fue declarado fuera de la ley, perdió sus mejores cuadros revolucionarios, se ralearon sus filas, todo lo que obligó al partido a acercarse más a .la alta burguesía oligárquica, apartándose más aún de sus bases populares. El. 13 de mayo de 1931, la FOLA realizó una asamblea general que acordó expresar la protesta de los trabajadores por el encarcelamiento y las torturas de un obrero, pidiendo la destitución del responsable, el sub-prefecto. La prefectura respon­dió en forma, autoritaria y descortés. Frente á ello, la FOLA acordó la realización de un paro general de 24 horas y un mitin de protesta. Se movilizaron los ferroviarios, gráficos, trabajadores de mercado, etc. La policía trató de disolver el mitin con las armas, matando a un obrero e hiriendo a varios manifestantes. Este hecho enardeció a la multitud que llegó a la prefectura y la destrozó. El prefecto fue destituido y el sub-prefecto que había herido a Moliendo, fue reconocido y arrojado al mar atado a un riel. Las nuevas autoridades acordaron la libertad de los presos y cedieron a varias exigencias de los trabajadores. Sin -embargo, inmediatamente des pues, la FOLA fue perseguida y prácticamente disuelta.